
En el aula, muchas veces vemos la conducta…
pero no siempre lo que hay detrás de ella.
Y quizá esa sea una de las cosas más complejas —y más importantes— de enseñar:
no solo qué se enseña, ni cómo se enseña, sino a quién se enseña.
A veces interpretamos las conductas demasiado rápido, o de manera demasiado simple:
“Participa poco.” “No presta atención.” “Se desconecta del contenido.” “Habla demasiado.”
Con el tiempo he aprendido algo importante:
No siempre ayuda preguntarse
“qué tipo de alumno es”.
Muchas veces es más útil preguntarse:
“qué función cumple esa conducta para él o ella”.
Porque dos alumnos pueden pasar la clase en silencio…
y estar viviendo realidades completamente distintas.
Uno puede no participar por timidez o miedo a equivocarse.
Otro puede estar desconectado porque siente que nada de lo que ocurre en clase conecta con él.
La conducta puede ser la misma.
La realidad que hay detrás, no.
Y eso cambia por completo la forma de aprender, y debería cambiar la manera de Enseñar.
Lo mismo ocurre con:
quien interrumpe constantemente, quien mira el móvil, quien evita salir a la pizarra, quien necesita responder siempre, o quien intenta pasar desapercibido.
Muchas conductas, sobre todo en adolescentes, no hablan solo de disciplina, motivación o personalidad.
A veces también son formas de gestionar:
— inseguridad,
— ansiedad,
— necesidad de pertenencia,
— miedo al juicio social,
— necesidad de reconocimiento,
— o simplemente desconexión.
Entender esto no significa justificar cualquier comportamiento. Pero sí permite intervenir con más precisión y con menos etiquetas (“desmotivado”, “va a su bola”, “disruptivo”)
Porque detrás de una misma conducta pueden esconderse necesidades muy distintas:
miedo al error, falta de conexión, búsqueda de atención, inseguridad o simplemente desconexión del contexto.
Y probablemente una de las habilidades más importantes del docente sea precisamente esa: saber interpretar aquello que el alumno no expresa de manera explícita.