
En un momento en el que las organizaciones hablan constantemente de diversidad e inclusión, existe una forma de discriminación que sigue pasando demasiado desapercibida: el edadismo.
Muchas personas de mediana edad y mayores encuentran dificultades crecientes para acceder a nuevas oportunidades laborales o incluso para mantenerse en el mercado de trabajo. En demasiadas ocasiones, la edad se convierte en un filtro implícito que eclipsa aquello que realmente importa: la capacidad, el conocimiento y la contribución de la persona.
Resulta paradójico que, en un entorno tan cambiante e incierto, se minusvaloren precisamente algunos de los atributos más valiosos que suelen aportar los profesionales con más experiencia:
✔️ Capacidad para afrontar situaciones complejas con criterio.
✔️ Conocimiento acumulado tras años de aciertos y errores.
✔️ Responsabilidad y compromiso con los objetivos.
✔️ Visión global de los procesos y de las personas.
✔️ Habilidades para gestionar conflictos y tomar decisiones bajo presión.
Estos valores adquieren una relevancia especial en el ámbito de la docencia y la formación. Enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos técnicos; también implica compartir experiencias, contextualizar situaciones reales y ayudar a que la teoría cobre sentido en el mundo laboral.
Tampoco la experiencia es un obstáculo para la innovación ni para la adaptación a las nuevas tecnologías. De hecho, reducir la capacidad de aprender, evolucionar o aportar valor a una cuestión de edad es una de las expresiones más injustas del edadismo. Innovar no depende de la fecha de nacimiento, sino de la curiosidad, la capacidad de adaptación y la voluntad de seguir aprendiendo.
Mi propia trayectoria me ha permitido comprobarlo. Tras casi tres décadas como empresaria, me vi obligada a cerrar mi negocio y afrontar el reto de reinventarme profesionalmente. Me formé en distintos ámbitos, como grabación de datos, diseño web y gestión de redes sociales. Sin embargo, fue al superar el Certificado de Profesionalidad de Docencia de la Formación Profesional para el Empleo cuando encontré una nueva oportunidad profesional. También tuve la fortuna de encontrar empresas como Almerimatik y Grupo ATU, donde la edad nunca fue un hándicap, sino una experiencia que sumar.
Gracias a ello, hoy puedo seguir desarrollando mi labor como docente y comprobar en cada curso que nunca es tarde para reinventarse y aportar valor.
Pero lo que yo viví sigue siendo la realidad de muchas personas de mediana edad y mayores que encuentran dificultades para acceder a nuevas oportunidades profesionales o para mantenerse en el mercado laboral. Y resulta difícil entenderlo en una sociedad que vive más años, trabaja durante más tiempo y exige un aprendizaje continuo. Seguir identificando la edad con una pérdida de valor profesional no solo es injusto; también es un error estratégico.
Las organizaciones necesitan experiencia, capacidad de adaptación, compromiso y criterio. Prescindir de profesionales valiosos por una cuestión de edad supone desaprovechar conocimiento, perspectivas y capacidades que pueden enriquecer enormemente a los equipos.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántos años tiene una persona y empezar a preguntarnos qué sabe, qué ha hecho y qué puede aportar. Porque la experiencia es uno de los activos más valiosos que puede aportar una persona: detrás de ella hay años de aprendizaje, inversión en formación, resolución de problemas y desarrollo profesional, por lo que desaprovecharla no tiene mucho sentido.